Durante años, viví enfrascado en la cultura de alcanzar metas a cualquier costo. Empujé mi cuerpo al límite físico y mi mente al borde de la aceptación de mi entorno, hasta que los síntomas tuvieron nombres que yo no sabía pronunciar: burnout, ansiedad, depresión. Mi punto de quiebre no fue un libro, fue una oficina, y mi reconstrucción no fue solo con medicamentos, sino entendiendo que el trabajo no debería doler así. Ahí entendí que el trabajo no tiene por qué ser un lugar de sufrimiento.
En las empresas, a menudo nos movemos en entornos tóxicos donde nadie nos enseñó a gestionar las emociones. Al final, terminamos externando el estrés de forma dañina para nosotros y para los demás. Tras caer y levantarme con ayuda profesional, me di cuenta de una verdad incómoda: no existen canales reales ni honestos para atender al individuo dentro de las empresas. Vivimos en ecosistemas donde todos estamos heridos, pero nadie sabe cómo gestionar lo que siente, terminando por dañar al de al lado.
No somos piezas aisladas en una maquinaria, somos parte de un sistema. Soy fiel creyente del enfoque sistémico: lo que tú haces afecta al resto, y lo que el ambiente te hace, te transforma. Nos guste o no, el ambiente nos moldea. Al estudiar esto, me cuestioné cómo las antiguas comunidades (y su decendencia) lograban resolver conflictos de interés sin destruirse internamente. De nuestra cultura y sabiduría mexicana, rescato la capacidad de transigir sin dañar y donde la comunicación no es solo un correo o un grito sino acompañamiento, es ritual y es presencia. Se trata de tranquilizar al animal (ese instinto de ataque o huida que el estrés despierta) porque siempre estará ahí, pero no tiene por qué llevar el volante de nuestra vida.
En sesión, nos enfocamos en verbalizar, aquí no vas a escuchar el típico "deberías echarle ganas". Vamos a ponerle nombre a esa emoción que te está afectando en la oficina. Buscamos la raíz del malestar en tu presente y, a partir de ahí, diseñamos estrategias claras:
Escudos de comunicación: Cómo responder ante la toxicidad.
Canales de desahogo: Técnicas para procesar la carga diaria.
Herramientas cognitivo-conductuales: Métodos prácticos y probados para tu día a día.
Me ofrezco a asesorar y acompañar a quienes hoy están sufriendo estrés o acoso laboral. A veces, los amigos y la familia ofrecen "consejos" desde el juicio y la buena intención porque no comprenden la profundidad del desgaste. He visto cómo muchos hombres y mujeres prefieren callar ante la violencia laboral por pena o presión social. Mi espacio es para validar lo que vives y darte herramientas para enfrentarlo, sin romanticismos, con estrategia.
Cuando no estoy en sesión, me dedico a aprender nuevas habilidades y a disfrutar de la simplicidad o lo que llamo "tiempo muerto". Creo firmemente (y porque estoy convencido) de que solo en la quietud la creatividad y la sanación pueden florecer y las soluciones surgen. No tienes que ser productivo todo el tiempo.